patriarcado y capital

 

De la alianza capitalista patriarcal o de porque hoy es el día de la mujer trabajadora y no el de las Anas Botín.

 

Últimamente el feminismo parece que se ha puesto de moda, bueno el feminismo no, pero si una especie de pseudodefensa de las mujeres. De golpe solo queremos alcaldesas, las mujeres salen más votadas que los hombres, todo el mundo se hace eco del 8 de marzo en las redes sociales, hasta los partidos que ilegalizan el aborto hacen declaraciones institucionales a favor de la igualdad y contra la violencia machista. Pero más allá de eslóganes o del feminismo como un peaje a pagar para que te puedan considerar de izquierdas ¿qué tendría que ser, ser feminista? Ser feminista pasa por serlo 365 días del año, pasa por denunciar día a día las desigualdades y atreverse a vivir contracorriente, llevando permanentemente las gafas moradas.

Pero ser feminista, debería ser también, intentar comprender de dónde viene la desigualdad entre hombres y mujeres, para poder atacar sus causas. Si vamos a la raíz del problema, sabemos que la desigualdad entre hombres y mujeres no es “natural” sino que tiene unas raíces profundamente políticas. Gracias a Federici y a otras historiadoras feministas, hemos podido desenterrar un pasado que sigue sin aparecer en los libros de historia. Ahora sabemos que el capitalismo no solo se impuso gracias a la expulsión de las familias campesinas del campo, sino que también necesitó controlar el cuerpo de las mujeres, a través de la persecución de las brujas en los siglos XVI y XVII y la expansión de la misogínia.

Gracias a la caza de brujas, que persiguió a las mujeres que tenían demasiado poder sobre su cuerpo, se consiguió convertir el cuerpo de las mujeres en una máquina al servicio de la reproducción de trabajadores, controlada por el Estado. Además de conseguir, a través de políticas que incitaban al odio hacia las mujeres, dividir a la clase trabajadora y debilitar las revueltas del campesinado y de las personas artesanas frente a la incipiente burguesía y la expansión del capitalismo.

¿Cuántas mujeres quemadas en la hoguera hicieron falta para que las relaciones capitalistas se impusieran? ¿Cuántas mujeres han tenido que morir y siguen muriendo para que el capitalismo siga avanzando? Sólo hace falta leer las noticias para darnos cuenta de que el capitalismo no solo se impuso a través de la violencia en sus inicios, sino que sigue necesitando grande dosis de violencia para poder mantenerse.

Y en esta guerra del capitalismo contra la vida, las mujeres y nuestros cuerpos son un campo de batalla central. Las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, las refugiadas víctimas de acoso, las defensoras de derechos humanos asesinadas, las trabajadoras de Bangladesh explotadas y víctimas de accidentes laborales, las trabajadoras domésticas esclavizadas, las amas de casa invisibilizadas… todas formamos parte de este engranaje del capitalismo global que necesita destruir la vida para poder avanzar.

Por eso, hoy en día ser feminista debería significar también ser anticapitalista. Estar en contra de un sistema que desprecia la vida, los cuidados, la reproducción, la tierra, un sistema que vive de la generación de desigualades y la explotación, para empezar a construir alternativas que desplacen al capital en favor de la vida. Y para poder construir estas alternativas, para ser anticapitalista, necesitaremos, también, el feminismo. Aprender del feminismo a respetar la vida, a valorar los cuidados, a invertir nuestra escala de prioridades, para que la reproducción de la vida desplace la competencia y la producción.

Las desigualdades y el machismo están en el ADN de este sistema capitalista y patriarcal y por tanto, no basta solo con denunciar sus consecuencias. Sabemos que el machismo no solo nos mata sino que también nos explota y por esto, no nos parecen suficientes las declaraciones oficiales en contra de los asesinatos machistas, mientras se sigue promocionando un capitalismo que desprecia todo lo que no le parece rentable.

Estamos a 8 de marzo de 2016, han pasado más de 100 años desde el incendio de la fábrica Cotton en Nueva York, donde murieron 146 obreras, pero las trabajadoras textiles de Bangladesh, Marruecos o Honduras, siguen muriendo. Aún nos queda mucho trabajo por hacer, mientras el capitalismo siga blindando su alianza con el patriarcado, las mujeres seguiremos siendo sus víctimas predilectas.

 

Artículo original | Patriarcado y capital

 

 

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